En los barrios pobres de la Argentina
se lloran las consecuencias humanas del levantamiento popular.
La trayectoria de lucha de algunas de las víctimas hace sospechar
que sus muertes no fueron casuales
Cuando todo era noche en Argentina, muchas estrellas
salieron a la calle para pelear por la claridad. Bajo el manto de
la nueva paz oficial, el recuerdo de los muertos que dejaron las
jornadas del 19 y 20 de diciembre, surge como una necesidad inseparable
de la construcción colectiva del futuro.
Si algo verdadero y material dejó el levantamiento
popular, fue la muerte de al menos 29 personas, reconocidas oficialmente.
La mayoría de ellos fueron asesinados por la fuerza pública como
si se tratara de blancos estratégicos.
En la ciudad de Rosario, tercera en importancia detrás
de Buenos Aires y Córdoba -pero con el mayor índice de desempleo-,
ocho fueron las víctimas fatales de los recientes episodios. Según
los datos oficiales, más del 20% del millón y medio de rosarinos
no encuentra trabajo en el que fue el centro portuario más importante
del país.
Rodeada de un cordón industrial, Rosario crece en
medio de la tierra más fértil del país, a pesar de esto viven 155
mil personas en villas miserias sin los servicios más básicos.
Desde el regreso de la democracia en 1983, aquí se
han producido 75 muertes a causa del gatillo fácil, asesinatos
policiales con un denominador común: el único delito de las víctimas
es ser pobre. De esta cifra, 53 se cometieron durante el año 2000,
la mayoría dentro de instituciones policiales y penitenciarias.
El Pocho
En 1989, mientras Raúl Alfonsín abandonaba la presidencia
presionado por los primeros saqueos de la historia argentina, Claudio
Lepratti, conocido por su gente como El Pocho, llegaba a
Rosario. Cuando la semana pasada se originó la segunda oleada de
saqueos populares, El Pocho partió a trabajar como cualquier
día.
Oriundo de un pequeño pueblo de la provincia de Entre
Ríos y miembro de una familia de agricultores pobres, llegó a Rosario
con lo puesto para dedicarse de lleno a la militancia popular.
El barrio pobre de Ludueña Norte lo cobijó. Allí,
El Pocho comenzó a estudiar sacerdocio en la escuela-parroquia
del padre Edgardo Montaldo. También se recibió de profesor de filosofía
y así empezó a predicar su visión del mundo entre los más pobres.
Selló su destino junto a los que no tienen nombre,
rostro, trabajo, ni alimento, cuando decidió vivir en una pequeña
casita de madera en pleno corazón del Ludueña. El Pocho donaba
su desnutrido sueldo para la realización de eventos barriales.
"Al no tener trabajo, nosotros nos sentimos mal.
El trabajo es lo que nos hace vivir bien y ascender como personas.
A su vez, la falta de trabajo nos hace un mal enorme, es lo que
nos incita a la violencia, a la droga y a la delincuencia", expresó
en alguna ocasión El Pocho.
En la escuela del barrio Ludueña, Claudio germinó
lo que fue su logro más significativo: organizó y coordinó varios
grupos de jóvenes del barrio que se reunían a aprender cómo esquivar
los sinsabores de la vida en una villa miseria. La Vagancia,
Los Gatos, Los
Piqueteros, Los Rope, Las Terribles, La Murga
de los Trapos y Los Peloduros son algunos de estos grupos
con los que El Pocho compartió noches enteras de guitarreadas
y campamentos en los que la solidaridad se constituía en el valor
fundamental.
Sobre este trabajo Claudio reflexionó en 1999: "Ahora
entendemos discusiones que hace cuatro o cinco años no entendíamos.
Recién ahora vemos algunas cosas eran más fáciles de lo que creíamos.
Por eso podemos estar contentos, porque en algunas cosas hemos crecido.
Había cosas que se iban reclamando por parte de los chicos y que
con el tiempo hemos aprendido a dar respuesta".
***
La Vagancia,
bajo la dirección de Lepratti, elaboró una publicación barrial llamada
El Ángel de Lata. La revista es vendida por chicos de la
calle.
"Somos los que hicimos las marchas, los paticortos,
pelo duro que pedimos respeto cuando estamos trabajando, los que
peleamos por la dignidad del que anda abriendo puertas, vendiendo
flores, limpiando vidrios para no manguear (robar). Los que defendemos
nuestro trabajo, porque el pan es fruto de nuestro esfuerzo, y si
no... no hay pan. Somos los que denunciamos la explotación de los
padres y los chicos, los que acusamos a los señores dueños de todo...
hasta de la tierra que en un tiempo fue de todos... Somos los pibes
que andamos sedientos de vida, con hambre de afecto y con los bolsillos
del alma llenos de golpes y curtidas". Así arrancó la editorial
de la primer número de El Ángel de Lata, a mediados del 2000.
Además, El Pocho se dedicó a trabajar en la
escuela Nº 756 del barrio Las Flores, una de las villas miseria
más grande de la ciudad. Claudio trabajaba de cocinero para cientos
de chicos cocidos por el frío y el desamparo.
Fue justamente esa escuela la que el miércoles 19
encontró al Pocho desangrándose en el techo. Esa tarde, Las
Flores se había levantado, como tantos otros barrios pobres del
país, y había decidido salir a conquistar lo que por derecho le
corresponde: la dignidad, que a veces viene en forma de alimento.
Los saqueos a supermercados y tiendas comerciales se sucedían uno
tras otro y la excusa para la represión policial no se hizo esperar.
Al ver el salvajismo con el que la policía rosarina
y la Gendarmería nacional molía a palos a los villeros, El
Pocho subió al techo de la escuelita para calmar los ánimos
de la gente y exigió a la policía el cese de la represión. Esas
fueron sus últimas palabras. Una bala policial calibre 22 se le
incrustó por la garganta y su cuerpo se desplomó al instante.
"Al Pocho lo mataron mientras trabajaba. Eso
es todo un signo: la mayoría de los desaparecidos de la dictadura
militar eran simplemente trabajadores", cuenta el padre Montaldo.
A su velorio en la escuelita de Ludueña llegaron
cientos de personas de diversas zonas de la ciudad. Esa tarde, Milton,
integrante de La Vagancia recordó: "Siempre nos decía que pase lo
que pase sigamos para adelante. Que si terminamos la escuela primaria
empecemos la secundaria. Que nada nos pare. Y por eso ahora nosotros
vamos a seguir".
Otra vez el tiro les salió por la culata, las numerosas
manifestaciones de recuerdo y en reclamo de justicia por su muerte,
dan muestra clara de que El Pocho partió para renacer en mil caritas
curtidas por el desconsuelo.*
Daniel EKDESMAN (Diario
LA JORNADA.30 de Dic de 2001.Mexico)